“Comencé siendo un escritor infantil, un niño que escribía. Lo cual no deja de ser una rareza. Era un niño discreto, pero escritor”. Así se definió hoy Luis Mateo Díez, en un encuentro con los medios en la Biblioteca Nacional, apenas 24 horas antes de recibir el Premio Cervantes 2023 que, como es tradición, se entrega el 23 de abril en Alcalá de Henares.
Apuntó, además, sobre su temprana vocación, que se unió con la “necesidad de crear un mundo propio, un espacio geográfico propio, un territorio personal”. “Es delimitar un espacio de la imaginación dándole una fisonomía geográfica y dotar ese espacio propio de aspectos de convivencia”, remarcó.
Sobre el galardón de mañana, “un límite” a lo que podía aspirar en su condición de escritor y que asume “con orgullo”, dijo estar “un poco intranquilo”, aunque considera que estar así “es bueno”. No quiso, eso sí, desvelar nada sobre el discurso porque, según apuntó entre risas “es secreto”. “Solo puedo decir que agradezco profundamente este galardón”, subrayó antes de adelantar que en sus palabras en la Universidad habrá un recorrido por su trayectoria: “De dónde vengo cómo escritor ; cómo he llegado hasta aquí; qué me ha hecho ser cómo soy…”. “Lo que sí he hecho es un discurso que sea agradable de oír. No quiero subir y echar un rollo”, incidió.
Para el escritor lacianiego, la necesidad de crear ese territorio propio “afianza la confianza de lo que quieres hacer y, a la vez, es muy nutritiva, porque en ese territorio surgen las historias, allí encuentro lo que quiero seguir escribiendo”. Avanzando en su trayectoria, el de Villablino reconoce que fue un escritor “lento”, aunque con el tiempo acabó convirtiéndose en un escritor “insistente” para acabar siendo “un escritor prolífico”.
En este sentido, reveló que ahora escribir le “cuesta más” por su edad, aunque es cuando su obra está “en el mejor momento”. “Tengo una vocación profunda, una necesidad de escribir que va cuajando luego y se va convirtiendo en la idea de que la vida se puede contar. Y llegas al dilema de que la vida te puede parecer mejor contada o leída que vivida”, reflexionó, antes de reconocer que todos sus personajes “son héroes del fracaso”, porque, en su opinión, “fracaso es una palabra bonita”. “Igual que pecado”, apuntó, antes de confesarse “un pecador impecable”: “Antes pecar mortalmente era un aliciente. En la adolescencia y la juventud me parecía la esencia de las cosas más beneficiosas del mundo. Recuerdo el regocijo enorme de confesar un pecado mortal”.
En cuanto a sus manías como escritor, reconoció no tener muchas, sobre todo en lo referente al espacio donde ejerce su vocación. “No necesito cosas o ambientes especiales”, apuntó antes de recordar que antes podía escribir “incluso con ruido”, por su “capacidad de introspección”. “Incluso en mi época en Oviedo escribía en las tabernas”, señaló entre risas. Eso sí, reconoció que necesita tener claro el título de sus novelas “porque es donde se suele esconder el matiz poético que quiero dar a las historias”.
Como curiosidad, no obstante, apuntó que durante la escritura de una novela “de repente se me ocurre la frase para acabar, aunque ni siquiera tenga terminadas las tramas ni sepa cómo van a acabar”. Además, confesó que no es de los escritores que tienen una libreta en la mesilla de noche, junto a la cama, por si surge la inspiración. “Por la noche, de pronto te despiertas y se te ha ocurrido la idea que llevas persiguiendo durante días. Pues yo no me he levantado nunca a apuntarla. Siempre he preferido olvidarla”, aseveró.